Todos los días

…con permiso del guardián, el hombre se sienta junto a la entrada y allí espera, durante años espera… poco a poco se desprende de todo cuanto tiene con la esperanza de sobornar al guardián […] Y ahora, en el umbral de la muerte, todo se resume para él en una última pregunta: “Si como está escrito todo el mundo se esfuerza en alcanzar la ley cómo es posible que nadie más se haya presentado aquí en el transcurso de tantos años…”. Y como el hombre ya no oye apenas, el guardián le grita al oído: “Porque nadie más que tú hubiera sido admitido, nadie más hubiera podido flanquear esa puerta. Estaba reservada para ti. Ahora voy a cerrarla”.

“Ante la ley” de Franz Kafka

 

Amo estar sola en un teatro vacío. Quizá tenga que ver con aquello del sueño, la expectativa o el deseo, posiblemente con esa intención nostálgica de pensar qué evento maravilloso podría suceder en este hermoso espacio o qué otros tantos espectaculares ocurrieron allí. Pero creo que simplemente amo estar sola en un teatro vacío. Me encanta su condición sonora, su amplitud, organización y forma, y como consecuencia, la sensación de abrigo y expansión física que produce sobre un cuerpo solitario, en este caso humano, mujer, y todo aquello que conlleva serlo. Un cuerpo, claro está, lleno de sentimientos, condiciones, decisiones, locuras, remedios, memorias, miedos, relaciones, dolores, movimientos…

Probablemente yo no sea capaz de discernir del todo entre la carga simbólica e histórica de un teatro y su morfología pura y desnuda ­­—y tampoco me interesa del todo—. Y sé que ese aspecto de refugio tiene que ver con que entre más grande sea un espacio más imponente es o algo así, o de pronto se relaciona con la soledad, con el enfrentarse a ciertas distancias, formas, ideas o tiempos que en espacios vacíos suelen potenciarse o quizá no existen y uno debe proponerlos para seguir viviendo en ese lugar especial. Sea cual sea la naturaleza de estar solo en un teatro o en cualquier otro espacio vacío, definitivamente es una sensación y experiencia curiosa y absurdamente personal el dejarse fluir en esa expansión… expandirse en un espacio vacío y esperar frente a las puertas de la ley a ver qué pasa.

Sé que referirme al teatro es una excusa para escribir sobre algo más. Tal vez porque no quiero escribir sobre lo que hago y suelo tratar de esquivar la intensidad y el dolor que produce al igual que la brutal alegría que me genera. Quizá la palabra teatro es silla o labios, amaneceres o personas, quién sabe, pero lo más posible es que el teatro sea solo un ejemplo para entenderme un poquito en mi oficio como artista porque es difícil tomar el riesgo de hablar desde la incertidumbre y el error de lo biográfico, la intimidad, el placer y la rudeza de la creación artística, y más si es a través de uno mismo.

No estoy muy segura qué significa expandirse en el espacio vacío pero me hace sentir cosas muy fuertes todo el tiempo. Por un lado, no siempre hay un espacio vacío en el cual habitar o con el cual lidiar, y por otro, expandirse es una acción, y por consiguiente, uno tiene que hacer un esfuerzo –que muchas veces puede ser profundo y exigente– para llevarla a cabo. Quizá la palabra expandir es una intención de crear, de imaginar realidades que necesito pero de las que no conozco muy bien.

Es muy bonito lo que dice el director de teatro inglés Peter Brook sobre su concepción de la idea de espacio vacío. Este vendría siendo un lugar en el que vive la imaginación, pero somos nosotros mismos los que debemos crear esos espacios y además habitarlos y expandirlos con nuestro ser poético. Y no creo que sea algo que se queda en el pensamiento sino que está sucediendo en nuestra vida con graves y maravillosas consecuencias, y me doy cuenta porque me da la posibilidad de experimentar trasmundos.

De pronto hablar de ese espacio vacío es muy raro y tiende a ser misterioso, una especie de desbordamiento del cuerpo mismo.

 

Una fotografía es un secreto sobre un secreto, cuanto más te cuenta menos sabes.

Nan Goldin

 

De hecho, cuando trabajo en mis procesos pareciera como si guardara secretos. Secretos como sueños, expectativas o deseos. Es algo así como el título del documental de Mark Stokes sobre la artista estadounidense Cindy Sherman: nadie está aquí, solo yo. Nunca nadie está allí cuando guardo secretos, cuando estoy en el teatro o ante la ley, en ningún momento de mi vida dejo de ser yo, no puedo, y por consiguiente siempre estoy sola en el taller jugando con mis cacharros, y ni siquiera son secretos que existían antes, solo son secretos que me invento íntimamente. Pero de vez en cuando, quizá uno o dos de estos secretos, se vuelven poderosos porque efectivamente, expanden, se comparten. Tal vez expanden una mente o un brazo, quizá expanden una locura o un aullido, un espacio, un cosmos o un tiempo. Entonces los secretos ya no son tan secretos, mutan, se arraigan. Algo que el teórico y artista colombiano Ricardo Toledo Castellanos llamaría abrir mundo.

No sé el brazo de quién, las mentes de quiénes, ni sus flores, pero allí en los espacios vacíos que compartimos, nos comunicamos, imaginamos, sufrimos y nos alegramos juntos.

 

Mira esta flor. La picas. Una vez desmenuzada tomas dos o tres granos de arroz y una pizca de sal. Buscas tres o cuatro piedras, y pones todo en el medio de ellas. Las piedras alrededor en círculo como una pirámide. Cuando llegues a tu casa, te vas a dormir.   Piensas en la persona que amas y dormirás con ella, la verás delante de ti.

“Swing” de Tony Gatlif

 

Siento el arte casi como la receta de la flor y las piedras. Una serie de acciones para llegar a un lugar que amo habitando el vacío: un sentir aquello que quiero delante de mí, que anhelo y no conocía antes. Y estas labores que tienen en igual medida una monotonía y sorpresa intrínsecas pero que en su relación con algunas cosas que amo —no todas— van cambiando, hacen que uno se enrede entre sus propios rituales y preguntas desgarradoras sobre qué se debe hacer. Suena como trueno, como algo de índole moral: ¿qué podemos imaginar? ¿desde cuándo es una elección?

A veces es mágico descubrir un secreto, así podamos comprenderlo o no, y los que develan los actos de creación son infinitos aunque lamentablemente suelen ser efímeros. Pensar en voz baja, murmurar el chisme al oído, es muy distinto a pensar en voz alta. Algo así como lo que Peter Brook llama And it’s gone… el acto teatral sucede y de repente ya no está. Por un lado esto me enamora porque los espacios vacíos se vuelven vitales y en constante cambio, pero por otro, duele un poco saber que en un segundo ciertas poéticas desaparecen y hay que manejar el hecho de enfrentarse de nuevo al teatro vacío resguardando esa sensación de perder algo que no recuerdas si es importante y tuvieras que empezar de nuevo todo el esfuerzo para recuperarlo. Es difícil estar frente a las puertas de la ley entreviendo la luz que se cuela entre ellas y saber que no hay sentido en atravesarlas, y de hecho no puedes.

 

La fuerza creadora escapa a toda denominación. Permanece en última instancia misterio. No sería misterio si no nos conmoviera hasta lo más hondo de nuestras entrañas. Nosotros mismos estamos cargados de esta fuerza hasta el último átomo de nuestro ser. No podemos formular su esencia, pero podemos aproximarnos a su fuente.

Paul Klee

 

Definitivamente estos lugares de creación queman porque cambian nuestra vida, de hecho no podemos formular su esencia, pero podemos acercarnos a su fuente, una fuente que el filósofo italiano Giorgio Agamben nombraría como centro caliente. El pensador cuenta que en todo libro hay un centro que permanece escondido, y uno como autor quiere acercarse a este y definirlo, pero al mismo tiempo, uno quiere alejarse porque es incandescente y potencialmente peligroso. Nosotros mismos estamos cargados de esta fuerza creadora, nosotros mismos somos un centro, un volcán, y las relaciones que establecemos en el arte con otras personas, ambientes y objetos tienen el potencial de revelarnos posibilidades y quemarnos todos los días.

 

Está el primer flechazo, la picada de ojo entre ambos sujetos, el quizá, el quisiera, la pregunta, el todo eso. Luego la seducción que es muy directa y maravillosa. Después la crisis, la cuerda floja, el dolor, la duda… y quién sabe cuándo aparecerá la segunda seducción que es más bella y arraigada, profunda y contundente. Y quizá luego la pérdida, el desencanto, la decepción, el alejamiento. A veces pasa en ese orden, a veces distinto.     A veces uno quiere organizar ese cariño pero no se deja, y mejor no hacerlo, está bien, pero se hace todos los días, en el arte se imagina todos los días el amor.

 Eloisa Chirinola

 

Pienso en el tiempo y las cosas y se vuelve cada vez más difícil admitir que caes en ciertas trampas y que a veces no eres del todo honesta dentro de esa responsabilidad que es compartir tu intimidad con los demás. La intimidad no es algo que se defina a través de la historia del arte y menos desde las ideas preconcebidas sin duda.

Suena clandestina, sí, esa relación entre la creación artística, la soledad y su carácter efímero. Supongo porque no hay nada más íntimo que aceptar tu imaginación y sentirte desafiado contigo misma. En otras palabras, se pone de manifiesto una poesía en el imaginario siendo una especie de mosca tras la oreja, o mejor dicho, una mosca —un secreto— dentro de la oreja. Una intimidad de lo cotidiano, de lo que nos hace individuos, una radicalidad de sentirse desnudo y abrigado al mismo tiempo.

El arte, como diría la poeta estadounidense Maya Angelou, me liberó a la vida y a todos sus espacios vacíos y secretos, y espero continúe haciéndolo, así, todos los días.

 

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